A Miguel Hernández, poeta del alma y del sentimiento.
Querido Miguel:
Hace ya bastante tiempo que nos dejaste, aquella mañana clara y alicantina de marzo, entre las sábanas frías de la cárcel del odio y del resentimiento.
No fue fácil para ti luchar por la libertad y en la libertad de tus versos. En la soledad de una celda sin vida pero que tú vivificabas con la luz de tus poemas, alejado de Josefina y de Miguelillo, tu hijo ansiado, soñado y arrancado de tus brazos por una sinrazón, todavía hoy incomprensible.
En aquellos papeles manuscritos con sentimiento y ausencias, nos dejaste tu último legado. Y con esos versos tu vida, tu herencia y tu muerte. Miguel, tus versos nos hacen libres, soledades nos quitan, miedos arrancan. Nos traen de lejos libertad, pasión de vivir y pasión de morir. Todo junto. Todo unido como tú lo soñabas, como tú lo sentías. Nos dejaste la poesía viva en los almendros de nata que cada primavera florecen en estos campos de la España de tu vida y de tu muerte. Nos dejaste la libertad en las bocas de las nuevas generaciones que leen y descubren, más que a un poeta, a un hombre que vivió, soñó, luchó y murió por lo que hoy nos parece tan nuestro, tan natural: la libertad.
Todavía, un relámpago recorre nuestra piel cuando oímos cantar alguno de los tantos poemas amorosos que le dedicaste a tu esposa, esa mujer morena, resuelta en luna cuyo recuerdo, desde la lejanía, llenaba de un resplandor rojo y claro tus días y tus noches de ausencia, de soledad y de querencia. Miguel, sentimiento tan intenso y tan profundo nos conmueve.
Podríamos decirte que tus poemas huelen a naturaleza viva, a aire fresco. ¿A qué huele el aire fresco? Miquel, tú lo sabías muy bien: a mañanas de cristal y a tardes doradas, a grama sangrante, a miel, a queso y a cabra, a limón verde, a encinas que hunden sus raíces en la tierra, a lluvia y a sal. Pero también, a pasión y a opresión, a paz y a guerra, a dolor desbordado y a muerte. Por todo ello, queremos darte las gracias y decirte que allí, donde quiera que estés, seguirás siendo ese niño cabrero y poeta que nos enternece y nos libera cada vez que leemos sus poemas.
Adiós, Miguel. Hasta la eternidad.
Getxo, a 23 de febrero de 2010.
Teresa Potoc
Con tres heridas, yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
Miguel Hernández.
Miguel, tus tres heridas
me llagan el alma.
Vida.
La tuya, ¡tan prontamente truncada,
tan brevemente vivida!
La mía, entre gran zozobra y calma.
Muerte.
La mía, en mi consciencia intuida.
La tuya, injusta e innecesaria.
Amor.
Volcán que abrasó tu boca.
Torrente que arrastró tu vida
y que arrastra la mía.
Tú y yo, Miguel, para siempre unidos
en las tres y por las tres heridas :
la de la vida, la de la muerte y la del amor.
Teresa Potoc
Getxo, 23 de febrero de 2010
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